Tranco existencial · 1944
Poesía en armas / Cuadernos de Rusia
Escrito durante la campaña de Rusia, se publicó inicialmente retomando el título de un poemario anterior, Poesía en armas, aunque Ridruejo lo renombró más tarde —en antologías y en la edición de sus obras completas— como Cuadernos de Rusia.
II · (De EL VOLCHOW. DE NOWGOROD A POSSAD)
Entierro en campaña
La tarde está en la nieve
y el día persevera,
mientras toda la sombra
foscamente se eleva.
Aún es figura y nombre
la carne que se llevan
hombros firmes y fieles
a la paz de la tierra.
Bajo los pasos lentos
todo el silencio suena;
cuando el cuerpo descansa
hasta el silencio cesa.
¿Es esta sangre helada
la que abrasa las venas,
la que las trenza y funde
como apretada selva?
Nadie se escucha y solo
un corazón despierta;
este que ya descubre
su soledad eterna.
Las almas compadecen
en comunión severa:
ya ninguno es su nombre,
la muerte es verdadera.
Tú, yo... mañana acaso...
Nosotros... Cae la tierra
y cada uno es frágil
como un poco de hierba.
La tarde está en la nieve,
la noche es noche apenas
y es silencio en el llano
lo que el hombre deja.
Canciones de una noche
1ª
El cielo está abrumado
de infinitas estrellas,
y mis pies en la nieve
hacen su propia senda
entre ralos boscajes
y aclaradas estepas.
Fatiga de soldado
sobre mis hombros pesa
y hunde mis plantas torpes
hacia la oculta tierra.
Desazón de soldado
los pulsos acelera
hacia el fin del combate
que se oculta y resuena.
Desazón y fatiga
destruyen lo que velan;
toda luz es distancia,
toda sombra sospecha.
Si se descansa, un lecho
de nieve me recrea
mientras la faz al aire
libremente se ofrenda;
y, entonces, todo, todo
lo que fue se destierra
y solo reina el peso
de la noche serena
vasta de vastos aires
y hacinadas estrellas.
2ª
Adelante. Los árboles
mal definen la senda.
Quedan atrás. Abierto
el universo sueña.
Una cuna de nieve
sola, curvada, inmensa,
acostando a la noche
dulcemente alborea.
Descendemos. El valle
reclina las riberas
y en el centro del valle,
que fue río, espejea
un desierto de hielo
en donde el alma tiembla.
Se aventuran los pasos,
el misterio los pesa;
fragilidad sonora
angelical y nueva.
Soledad reluciente
e inefable extrañeza.
¿Acaso el agua gime
bajo la limpia senda?
Un exquisito miedo
sazona la cautela,
una tensa alegría
el alma y cuerpo eleva
hacia la mansedumbre
celeste, en la ligera,
lunática hermosura
de la noche sin tierra.
3ª
Cansancio, nieve y nieve.
Ya la carne se niega
al soñado denuedo
que le cruza las venas.
Cansancio, nieve y nieve.
El cielo casi suena
tan cuajado de astros
—¡oh, esbelta primavera!—
y la tierra invisible
más tercamente pesa.
Andanza de hermosura,
majestad verdadera.
En tanta compañía
qué soledad tan plena.
Andar. El infinito
su espacio desespera
y lo eterniza, libre,
purísimo y sin senda.
De su presencia pura
el afán se enajena.
Ya llega el fin. Se rinden
mis sentidos y afuera
han quedado la nieve,
el aire y las estrellas,
irreales, velando
su impasible belleza.
Mañana, con el alba,
—el combate a la puerta—
será de muerte y barro
la miserable aldea.
Vivimos en un círculo de nieve
ceñido por el bosque. Pobres muros
ametrallados, rotos, nos amparan.
El día es breve, apenas su blancura
es la sombra de un alba;
la noche repartida en sobresaltos,
truenos, vigilias, se consume larga.
Soldados. Compañía. La pobreza
se nos desnuda en nitidez humana.
En la prisión de la costumbre, ardiente
de vez en vez, mortal, el tiempo mana
raudo en el ir —vivir— y remansado
si volvemos el rostro a la nostalgia.
Con hombres que comulgan su sangre y su costumbre
—clara, ensoñante, virginal España—,
con hombres que comulgan su recuerdo
y ganan duramente su esperanza.
Me miro el corazón, solo, un instante:
Qué limpia sed, qué luz tan ordenada.
Pasan las horas de guerra, libre
de sus pasiones, dolorosa y clara.
En tanta fealdad y pesadumbre
qué largo bien, qué ligereza honrada,
qué descuido de paz junto a la muerte,
que se enriquece manantial y brava.
Mi tiempo está entre este fragor breve,
y el que ahora va a sonar, bajo y abierto,
en esta trayectoria que gime por el espacio
y arrastra tensamente la sangre del corazón.
Mi tiempo está entre aquella penumbra que acecha
agitando, aún indecisas, las olas del asalto
y esta tierra mortal que sostiene mis plantas
y edifica en mi carne la terca solidez de la defensa.
No me digáis que antes hubo caminos, ciudades y miradas;
no me digáis que luego hay abiertas promesas como amorosos brazos;
necesito de esta neta soledad de mi presente
para ser esta sola roca llena de claridad que vigila y amenaza.
Mi pulso es todo y solamente este latido de metal centelleante
obediente y exterminador en el imperio de mis manos;
mi alma es la apretada confianza que descansa en su dueño
y mi vida de mármol en tormenta un raudo crepitar que no sucede.
Después, cuando el silencio derribe mi estatura,
y recuerdo y presagio me devuelvan abiertas sus alas,
sabré, por un júbilo dolorido de frágil plenitud, dócil y humano,
en mi melancolía y en mi sueño,
cómo la eternidad hace ahora su nido entre las ramas de mis venas.
Fin de
Poesía en armas / Cuadernos de Rusia
El poema en su tiempo · III El giro