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← Poesía Cuaderno catalán · 1965

Tranco imaginativo · 1965

Cuaderno catalán

Cubierta de Cuaderno catalán

Primera dedicatoria

Veo, canto, creo
lo real, amante.
Verdad de la tierra
¿dónde estabas antes?

Última dedicatoria

Cuenta los pétalos de la rosa,
cuenta las olas de la mar,
cuenta los vientos tornadizos
y las estrellas de navegar;
cuenta los rostros y las horas,
cuenta lo que vas a olvidar.

Las manos diarias en la azada,
en las redes y en el telar,
trabajo rudo, olvido hondo,
y el fuego pobre en el hogar.

La carne ignora lo que entierra
y lo que el sueño ha de salvar,
la rosa nueva, el mar eterno
y el castillo sin habitar.

Cuenta en el surco la semilla,
cuenta el sufrir en el amar,
cuenta la vida de la muerte
para el día de recordar.

Alella, 1943

(La tarde respondía
a las viñas doradas.
Yo volvía a encontrarte.)

No era la mirada
de enajenado tiempo
cuando el desierto pone
el tú y el yo sin verbo.
Ahora veía todo:
tu traje rosa y negro
con su verde cintura;
los suaves tamarindos
entre la luz y el cielo
de noche; aquellos muros
de botellas teniéndonos.

(La ladera tenía
almendros despojados
y el mar bajo y distante.)

No era el roce inminente
de los labios ni el fuego
de siempre y nunca más
el nosotros de adentro.
Era todo; tu suéter
blanco y tu falda negra,
los amigos dejados atrás,
el mar pequeño,
el banco solitario,
la arena atardeciendo.

(En la terraza estaban
los plátanos solemnes
y adormecido el aire.)

No era el arbusto solo,
palabra y vena al tiempo,
de embelesado verde
y solitario siendo.
Era todo: el arroyo,
la pradera, el hayedo,
la campana caída
en lo alto del puerto,
la trucha viva, el paso
de las esquilas lento.

(En el salón había
ramos —y espejos hondos—
de nácar en fanales.)

Y no era el dolor malo
como cortado a hielo
del agravio escondido
y el corazón mintiendo.
Era el día y la hora,
las paredes, el velo
doble, de gasa y agua,
bajando, fuera o dentro,
sobre la estatua verde
en el jardín sin dueño.

(Y eran días y días
de destejer lo suave
y de tejer lo extraño
contados y juntándose.
Me despedías. Ibas
por el camino grande
refrenando una risa,
un llanto o una sangre,
y estaba todo en todo
—yo volvía a encontrarte—:
la rosaleda al lado
oliendo, el huerto, el valle,
las verjas entreabiertas
subiendo hacia los árboles
y las casas pintadas
en las colinas. Antes
de marchar te besaba.
Era el tiempo en la carne
volviendo y todo junto
por siempre. Y me dejaste
—tu casi estar riendo,
en una adiós de ave
que se posa— en tu seno
donde siempre llevarme.)

Payeses (La Maresma)

Comen su pan cuando lo sudan,
beben el vino en su lagar
y oyen latir en su pasado
su porvenir con poco azar
Cuando llega la primavera
pide la tierra lo que da
y aunque la sangre sube, es mucha
la que el surco se beberá.
Un día el cielo les quema
con las hogueras de San Juan;
un día el monte, pelo y pluma,
les saca a guerra y libertad.
Lo demás es raíz penosa,
hiriente espiga, flor fugaz,
leña rugosa entre zarzales,
tiempo de hielo y pobre llar.
Pasan los años —o regresa
su sedimento mineral—
y es como rueda de molino
el argumento de su paz.

Pescadores (Costa Brava)

El cielo es grande con sus pájaros,
el pez no ha visto nunca el mar,
vaga entre rocas abismadas
de madreperla y de coral,
entre boscajes de sensible
gelatina, sobre el fangal
arenoso donde se ensaya
la vida en globos de cristal.
Sube a su atmósfera cerrada
de azuleante densidad
y salta, a veces, con el brillo
de lo instantáneo a lo estelar.
Las altas barcas de la noche
con su remolque luminar
salen a hundir campos de redes
con cebo oliendo a pez mortal.
Quedan lejanas, constelando
la movediza oscuridad.
Callan los hombres, cuero viejo,
músculo duro, ojo abisal,
peces también, balanceados
en su bloque de soledad,
hasta que emerge la gran rosa
de su sepulcro temporal.
Cuando la playa los acoge
acostada y sin despertar
—cordaje tenso, brazo a rienda—
la muerte cuenta su metal.
El día todo lo reluce
a cielo grande y vasta faz.

Cementerio (Barcelona)

Los muertos están arriba
sobre el mar, en sus bancales
con muralla, enriqueciendo
pinos, cipreses y sauces,
romerales a tijera
y rosas en sus rosales.
Los jardines de los muertos
aireados y colgantes
ven tanto mar infinito
que la pena de dejarles
es como envidia. Los vivos
se van pudriendo en las calles,
vueltos hacia la montaña,
con humo y niebla en el valle.

Fin de

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El poema en su tiempo · IV Madurez: la oposición

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