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Tranco imaginativo · 1972

Casi en prosa

1968–1972

Cubierta de Casi en prosa

1

Por todos los caminos se va a Roma
y en todos los lugares, agotada
la sorpresa, la tierra es una misma
con su crónica luz rodando vaga
o luciente del alba hasta el crepúsculo.
Un mismo corazón se maravilla
o se hastía, conversa o rememora
llenándose de muerte y sedimento,
llenándose de vida que disipa
realidad con bruma de leyenda.
Pero persiste en la pared el mapa
de todo lo que ignoro. ¡Galería
de libros por leer! ¡Ojos lucientes
que no he mirado! Y queda el desencanto
de haber sido en la sombra
como una narración interrumpida.

6

Hoy el silencio es blando. Todavía
cae la nieve en la nieve
con muelle vaguedad. El horizonte
es solo una sutura en la campana
del entresueño. La materia sorda
y ofuscada de luz vacía el mundo
al llenar el espacio. De repente
el bulto vivo con su fuerza umbría
de piedra y concreción brota en la nada:
Las altas piernas libres, la cabeza
con su dibujo vegetal, el busto
gemelo y navegante:
El poder de la tierra.
Crea y destruye. Pronto
el lago, ojo instantáneo,
volverá a adormecerse como un nido
adonde cae la nieve.

7

Hace cien años. En Europa, un día.
En Asia, un parpadeo. Aquí la Historia.
Cerca de estas colinas, hace un siglo
apenas, guerreaban los jinetes
de cuero con los indios de los lagos
desmontando florestas y bajaban
a la tienda leñosa del camino
a comprar el cordel, el atalaje,
la camisa, el apero,
la salazón, el trago, la candela:
todo junto; como aún, en celofanes,
lo deja ver el drug-store reciente.
Hace cien años. Y lo viejo es viejo;
carcomido residuo para el hacha,
blanco para la bola pendulante
al cabo de la grúa. El viejo humano
no tiene su lugar. El vigor manda
y el niño en todas partes
devora omnipotencia.
Solamente los árboles
de torso centenario,
los olmos preservados de la tala,
elevan tradición, rumian edades
mientras cavan extraños roedores
en sus raíces y a su copa llegan
aves que no conocen el idioma.

C

Atravesando el Hall, digo «good morning»
a la telefonista o los retratos
con barba. El golpe frío
de la calle me embiste entre columnas
de un pórtico que he visto ya en Florencia
y aquí está injerto en Oxford. Paso —un salto—
la State Street. La biblioteca, enfrente,
reverberando en la piedra. Al lado libros
de vender. Cerca, el «drug-store» caliente,
lleno como un desván con todo lo nuevo
pero cansado. Se serena mi conciencia
que solo llevo abierta por los ojos
cuando no acierto a distinguir al mozo
de la zapatería del ranchero
que llena de salchichas el condado;
al profesor del albañil que juega
con el mecano grande
que es mi despertador y se alimenta
con grandes esqueletos prehistóricos;
a la estudiante camarera
de aquella otra muchacha
que vino desde Chicago en el más vivo
Mustang de última cuadra. Mi conciencia
consume en paz manjares consabidos:
huevos, tostadas —«I want no butter, please»—
y café sin aroma. Me sonríe
el negro con sus ojos amarillos,
cada mañana igual, mientras escarba
sus dientes. Va enguatado
hasta inventar la obesidad, con barba
cana, y viste de negro: digo, viste
de azul y pardo, con jirones casi
decorativos que sujeta o prende
con grandes imperdibles mientras colman
el gran bolsillo pectoral del mono
todos los lapiceros y las plumas
que han perdido en diez años
los estudiantes nuevos. Es un viejo
inveterado. Arrastra lentitudes
de selva cuando limpia los cristales
—único lujo de la calle— en todos
los comercios del día y bambolea
una belleza oscura vuelta hacia lo ciclópeo.

F

Un corazón que sube
una colina puede
partirse en dos. El medio
es todavía un gamo
lleno de confianza.
El otro medio, herido, el de la sangre,
es un anciano lento entre la duda
de pararse o correr, darse al peligro
de la fatiga o esperar que venga
el hielo con su pinza
a estrangularle el caz.
Ir despacio. No puedo
creerlo y lo ejecuto.
Ir despacio, temiendo
a la aguja que corre
del esternón al brazo.
Ir despacio y que pasen
delante, sin quererlo,
mi medianero el ciego
que va atado a su lobo
como a un miembro, los fuertes
profesores ya canos,
el grupo casi informe
de fardos "overcoat",
la muchacha que mueve
el abril de sus piernas
libres hasta la línea
del puro escalofrío.
Voy despacio. Mis años
van conmigo y por fuera.
El otro corazón también me pasa
viendo gracia de almendro reluciente
sobre la cornamenta de los olmos.

G
Heme pues, profesor. La clase empieza
en rectángulo igual. Así me siento
lo que soy: aprendiz de mis lecciones
que veinte pares de ojos me construyen,
guiadores, con líneas
para un espacio donde tienen curso
pobres saberes de anarquía a tientas.
Todo fluye y fluyendo se derriten
las notas apuntadas, los opacos
pasillos estadísticos, la cifra,
la letra muerta. D. Felipe V
es un fantasma y sus tapices humo.
Pero algo quedará. Gana su savia
del objeto compartido
la España interrogada, aquí, tan lejos.
Se sangra y se libera lo que duele,
se aclara lo que ofusca. Hacen poesía
la Historia, el pensamiento. Es la sorpresa.
Hablar es aprender y me va haciendo
pueblo testificado en su relumbre
la conciencia plural en donde miro
cómo duele otro mundo
y cómo un verso puede hacerse un rayo.

M

Confieso que la rosa que a mis ojos
restaura el alba cada día dando
su lección de mirada selectiva
con devenir de pétalos más puros,
ya no sirve a la noche cuando suben
las minas de carbón y los reptiles,
el lecho de los míseros, el lobo,
la carroña, el cuchillo y la locura,
la tierra y sus tinieblas.
No hay duda: el mundo es viejo y doloroso
o es nuevo y doloroso. Así lo usamos
y nos usó y así nos duele. Incluso
cuando goza. Sufrimos en medio mundo
en amargura de pobreza. El otro
en plenitud de superficie. Todo
hay que pensarlo una vez más. Lo mismo
en el desierto atroz que en los jardines
el hombre es la pregunta ¿qué esperamos?
Regreso a casa con revuelta vena
¿hablar es no poder? Razono un mundo
de posibilidad y se me escapa.
¿Lo posible es real? El cuento humano
es de nunca acabar y nada vale
sentarse en un estado de conciencia
confiante, a la vera del camino.

N

No son más que las ocho.
Quedan tres horas largas
para huir serpentina-
mente bajo la sábana.
El tiempo se hace ahora
apremio. Pide, manda
hacer. Pero una pluma
¿qué vale? La palabra
es cosa de la cosa
sabida y se le escapa
la cosa inexpresable
que sube a la garganta.
La sintaxis es pobre
y de otro mundo. Aparta
al mundo que me gime
fuera de sus murallas.
¿Qué hacer? Tomo papeles
y tijeras. La aguada
llenará el entresijo.
Me entrego a la artesana
inconsciencia y me dejo
ganar por sus fantasmas
denunciando lo roto
y lo aspirante. Vana
evasión en colores
de azar. Fatiga vana.
Imitación del sueño
contado, que me calma
porque el objeto queda
fuera y en sí. Mañana
por la tarde —volvamos
a lo que hay— pensaba
subir por las colinas
frías y despojadas
a la caza de objetos:
Frank Lloyd Wright y sus casas
y la iglesia que junta
sus manos en plegaria
para el innominable
Dios de la esperanza.
Mañana, si Dios quiere,
será otro día. Avanza
pesadamente el tiempo
al agotarse. Cansa
el soliloquio al borde
de su nocturna pausa.
Ojeo libro nuevo:
"Marcuse". ¿Es lo que manda?
La ducha me desviste
del día. Es como el agua
de Leteo. Voy siendo
una niebla alejada.

Ñ

La bruma de anteanoche y duermevela
es pasado. La estancia es un vacío
sonoro en el silencio del albergue
con mis latidos. Pienso lejanía
y destierro. ¿Qué harán? son otras horas
—¿seis horas más?—. En casa duermen todos
—y mi madre en la suya, ya anudado
el hilo, apenas luz, que la retiene—.
Cada cual en su sueño. Ya no hay casas
en qué pensar. Mi lecho está vacío;
quien reposa a su lado es de azucena
cansada pero hermosa. Está en su olvido.
Los niños —rosa o bronce—, los adultos
en que viven mis niños, serán puro
vegetal respirado: las miradas
—azul, oro— abolidas,
fragilidad y fuerza niveladas.
El orgullo es pavesa de ceniza
que me quema en rescoldo. Pero todos
están lejos —no es tiempo de distancia
sino absoluto— en la cerrada noche
que allí da paz y aquí punza y enfría.
Ahora sí: "tic, tic", siento el golpeo
del corazón mecánico y me gasta.
Heme aquí, pues, de profesor, de pobre
profesor en penumbra, pobre bulto.
Hasta que venga la dudosa aurora
y aquel ajeno a remolcar mis huesos
a la sala de baños.

Parte III

14 (América amarga)
A Benito Brancaforte

Me para la vitrina
con carteles y láminas.
América me acusa.
Entre Miró y Kandinski se destaca
lo que golpea. A enorme claroscuro
el guerrillero de esponjosa barba
es ya gloria de nube. El estudiante
enrolla bien el ídolo y va a casa
a entronizarlo, íntimo,
con el disco y el libro y la muchacha.
El presidente que bracea en Washington
es un monstruo a motor que con sus garras
destroza medio mundo.
Los negros, sus trompetas, sus guitarras;
los pobres, sus alcobas con remiendo;
los oscuros de más al Sur; los parias
del Imperio son tema
de los mejores "posters". Casi nada
se refiere al "Apolo", a las cadenas
de montaje, a las fábricas osadas
de aluminio y cristal, al "campus" próximo,
las Cataratas, el Cañón, las peñas
labradas que anticipan lo inhumano,
o la secuoya que hace túnel. Hasta
la libertad se elude, cuya antorcha
quemó a raudales vida y esperanza.
América se mira
en un espejo de dolores: ¿Harta?
¿Para ocultarse o para verse? Nadie
me lo diría aquí por donde pasa
ligero lo pesado hacia sus tiendas,
sus grúas, sus talleres o sus granjas.
21 (¡Bah!)

No tardaré en morir, me dicen, sierpes
cansadas, mis arterias.
Lo extraño es que el corazón dé abriles
con tan desalentadas jardineras.

33 (Salida por Nueva York)

Si ser hombre es atar la tierra al tiempo
de su necesidad, siento el orgullo
pisando la herramienta
de larga luz montada
sobre el agua. O mirando
canalillos abiertos
hacia la luna llena
a gran altura o viendo
cambiar el argumento de los cielos
en el cristal de ochenta pisos
o entrado al gabinete
donde Felipe IV
viste de gala para el fin del mundo.
Si ser hombre es romperse
aquí soy hombre y grito en el Garnica
destruído y conjunto
o ante las arruinadas escaleras
y lagos de basura
por espaldas de liquen,
o en el oscuro "ghetto" que acongoja
y abrasa con pintura y del que salen
los ojos viendo cera
en los cuerpos de rosa más lozana
que agusanan las grandes avenidas.
Si ser hombre es crecer en esperanza
y dolor, yo lo vivo en esta isla
que, excedida a las nubes, no reniega
su escoria. Un retrato
del Manhattan del fin o del principio
arde con los verdines
y las lívidas llamas de Toledo.

35 (Antillas)

CUADERNOS DE AUSTIN

Volando a dos mil metros
voy contando las vértebras
de un saurio dilatado
que quizá vive. (El cielo
está solo en su cueva.)
Los verdes emergentes
son oscuros de sombra
con corola de fósforo.
Las manchas sumergidas
son de fosforescencia
pura, con varias orlas
del esmeralda al fuego.
La espina prolongada
y curva da a los mares
un señor de secreto,
confirma los abismos
en azul tenebroso
y desvanece toda
ilusión de llanura.

43

Me han recetado pasear. Paseo
hacia el Stadium y sus arboledas
por donde un agua sucia
hace barranco con escombros. Cerca
otro arroyuelo tímido
sale de puente a claro y riega un parque
de papelera inútil y quiosco inservible.
Paseo por la umbría carretera
que va hacia Nueces, a poniente, y deja
ver algunos palacios
cubriendo su dieciocho americano
de plantas trepadoras.
O marcho por la State penetrando
como una aguja el túnel
que llaman Capitolio,
parándome a mirar el buey alzado
de cartón o los grandes almacenes
que me quedan sobrantes
o descubriendo el cielo
sobre las catedrales de la banca
y el árido cajón de los hoteles.
(Al costado, quizá mi buen amigo
Gullón tendrá la lámpara encendida
mientras lee y anota, corpulento,
llevándose una mano
cansada al mechón gris que le acaricia.)
O paseo más largo
por la vereda herbosa
del Este, paralela
a la Avenida que sobre sus patas
corre hacia el río como desplegando
un rollo de desierto.
Es paseo con olmos y nogales
y florecillas resistentes. Cruza
el barrio negro con sus callejuelas
que dan a la floresta. Miro hornillos
rotos, juguetes destripados, ropas
y hamacas aflojadas en los porches
con la madera despintada. Luego
el campo se hace raso. La otra orilla
es de vergel tupido. En ella viven
—la puerta abierta hacia las aguas mansas
que no se sabe si van o vienen—
otros amigos. Son sus galerías
como de cárcel, pero están colgadas
sobre la libertad. Hay un chiflado
obeso de cerveza que echa piezas
de medio dólar al verdoso acuario
de la piscina para complacerse
en el buceo de los niños blondos.
Hay una barca. Sauces. Cielo rosa.
Saco a Martínez Rosa de la cueva
de su televisión. Rumia palabras
con el perfil de Hodcroft que se olvida
de cenar. Pero olemos asadores
por donde Don Quijote de Arocena
va preparando el bife de la pampa
con sus hierbas de Historia.
Es tertulia de hombres. Aunque a veces
aparece María, lenta, erguida
en su belleza mate de ébano con lirio
como alzando una lámpara invisible.
Alguna vez ya es tarde; pero nunca
hay prisa. Es casi nada
y es todo: la costumbre.
Me han recetado pasear. Paseo
solo, hasta la frontera de la noche.

44 (Una carta)

Existen estadísticas. Sabemos
cuántos corazones humanos se paran por minuto.
Y vivimos en paz. También al nuestro
le llegará su hora.
Pero estamos metidos en el salón de espejos
donde el mundo se hace.
En cada espejo afirma y nos afirma
y lo afirmamos. Cuando alguno quiebra
o se desluce repentinamente,
hay un largo vacío de tiniebla
como cuando una luz se apaga en un discurso
y lo disuelve.
Ha llegado la hora y no ha llegado.
El espejo abolido abre otra galería
que da hacia lo irreal y el mundo queda
como suspenso. Pronto reanuda
su imperio. Están los otros y hasta alguno
nuevo para volvernos al oficio
que no consuela lo que pierde.
Porque quedamos empañados, vueltos,
en un vapor de niebla,
hacia la galería tan profunda como el dolor,
tan rica de fantasmas como la vida misma
ya casi por entero desovillada en nuestros pasos.
Caminando por ella,
recreando sus escenarios con relieve sordo,
se va embotando lo que fue punzante
como la sobrecarga del latido
que se abulta en la soledad del sufrimiento
y se hace ya desgana de volver al presente.
Se endulza más a dolor,
a dolor apiadado,
volviendo la cabeza con los ojos llovidos,
llevándonos a hablar con nuestros muertos.

46 (Visita a Octavio Paz)

Por encima del piso veinte, tiene
su terraza el poeta
suspensa entre dos cielos estrellados.
Si se cierra y medita
—la centella francesa que le acompaña suena
con un leve rumor cristalino o de llama—
hay tierra de arenisca
ancestral en su rostro.
Cuando habla, bebe, ríe,
es tigre, yuca en flor, fuente de Roma
o campanil del Giotto,
cuerpos entrelazándose en un templo del Ganges,
calle en París contando;
enredadera viva de embriaguez y palabra
en el peldaño más incandescente.

49 (Protesta)
A Elisabeth y José Sánchez
Las pancartas se extienden. Son de prosa
versificada en manchas de colores
sobre un extenso prado de cabezas.
No discurren. Afirman evidencias
que un gran rumor sostiene.
Piden la paz del mundo,
la ascensión de los negros,
la salud de los pobres
y la ayuda a los pueblos indigentes.
Son razones de vida y esperanza.
Los políticos mueven la cabeza,
pasan consulta a los computadores
y dicen: "Es muy justo. Pero exige
que demos tiempo al tiempo."
Son razones de peso y de medida.
La marea sacude, de su seno,
un continente solo amenazado
de ventura estadística.
Es como si el dolor del mundo todo
se encarnase clamando.

50 (El miedo americano)

La noche imaginada
es porosa con bocas
de Colt y parpadeos
de ojos tácitos. Tiene
sus casas recogidas en madera
del desierto con perro. Y hay crujidos
de arboleda y serpiente
en un acecho negro.
¿Es verdad? ¿El cuchillo,
la bala, el puño sordo,
el grito de muchacha violada
que expira, el paseante hecho despojo
y ahorcado con su cinto,
los millones de manos, de pupilas,
de pasos redoblantes, de centellas
con sangre, son del sueño?
Era día luciente
y un tumor cerebral atado a un rifle
subió a la torre y explotó dejando
media milla de muertos.
El motor que hace pausa y roba al niño
necesita la luz. Voy caminando
por esta esponja del terror unido
al "¡Qué más da!" que traigo
desde lejos, incrédulo.
No veo más que brazos
de árbol amigo y luz en lejanía,
y solo escucho las respiraciones
sosegadas llegando por un aire
de perfume y caricia
que sostiene las pálidas estrellas.

Fin de

Casi en prosa

El poema en su tiempo · IV Madurez: la oposición

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