La guerra continuada
Artículo publicado originalmente en francés en Le Monde el 24 de abril de 1963, y se reproduce abriendo el número especial sobre la muerte de Julián Grimau del Boletín del Centro de Documentación y de Estudios de París, así como en la revista Ibérica de Nueva York y en numerosos periódicos latinoamericanos.
La indignación producida por el fusilamiento de Julián Grimau se ha mezclado, en casi todos los casos, con un sentimiento de estupefacción. A primera vista no se trata sólo de un acto cruel sino también de un acto absurdo. Sin embargo, raramente son absurdos o inexplicables los actos políticos, y su explicación suele aclarar la naturaleza de la situación en que se producen.
El fusilamiento de Grimau, condenado en juicio sumarísimo por un Tribunal Militar, es un acto de guerra. La calificación que ha servido para condenarlo no es imaginable —aplicada a un hombre civil— más que en un «estado de guerra». Los hechos en que se funda esa calificación son de épocas diversas; los primeros se refieren a una guerra efectiva, concluida de hecho hace 25 años; los otros son recientes. La relación de «delito continuado» que se establece entre los unos y los otros sería absurda si no aceptásemos que para el régimen español la guerra sigue abierta. Este estado de guerra continuada, es la primera explicación que cabe dar al hecho y que define, en primera instancia, la naturaleza del régimen español.
Desde este punto de vista hay que rechazar la idea de que el caso de Grimau sea excepcional. La situación de guerra continuada ofrece una serie ininterrumpida de casos semejantes, aunque no siempre tan trágicos. Es un sistema por el que regularmente el poder personal impone al automatismo simple de la justicia militar la represión del enemigo político que, confiada al orden civil, sería más compleja y aplicada por vía gubernativa sería más desairada.
En todos aquellos casos, sin embargo, se daba un ajuste más o menos automático entre la respuesta represiva y una provocación concreta. El caso de Grimau no es el de una reacción en caliente. Dando por supuesto que Grimau fuera una activista de gran eficacia, su acción venía siendo meramente organizativa y no se había producido próximamente ningún movimiento de amenaza pública que pudiera atribuírsele. Para agravar su caso ha habido que retroceder a sus actividades durante la guerra civil. Es imposible creer que esta decisión haya podido darse en el automatismo del aparato judicial. Hay razones para suponer que se trata de una operación calculada. Un mes antes de señalarse la fecha del juicio, el Ministerio de Información había publicado un folleto en el que se presentaban muy aumentados los cargos que después han servido para condenar al acusado. En este folleto se dibujaba un caso arquetípico o, como ahora suele decirse, una figura testifical.
Grimau tenía que servir como testigo de una tesis franquista sostenida obstinadamente ante el mundo y según la cual la guerra civil española no sería algo parecido al primer episodio de la segunda guerra mundial, sino el antecedente de la guerra fría que hemos conocido después. Para ello el franquismo viene sustituyendo la imagen compleja del frente republicano al que tuvo que atacar en 1936, por la imagen exclusiva del partido comunista español y de la revolución desencadenada. Del mismo modo sustituye la imagen de una oposición compleja, e ideológicamente relacionada con el mundo libre, por la de una oposición exclusivamente inspirada en el modelo soviético. De esta manera se quieren absolver los excesos pasados y justificar la perduración de un sistema que no sirve para la paz. Encerrando España en el dilema entre la dictadura reaccionaria y la dictadura revolucionaria se busca la asistencia de las fuerzas de orden del país y la indulgencia de los países occidentales.
Este argumento, muy usado, no bastaría para explicar el hecho si no se le acumulase una motivación más actual. En otro aspecto, la ejecución de Grimau representa un recurso para superar una crisis que podríamos llamar de distensión. Quizá Grimau no hubiera muerto si Franco no hubiera tenido que aceptar en los últimos tiempos muchas cosas que le contrariaban y debilitaban su poder. Ablandamientos impuestos por la presión internacional y por las aspiraciones de los mismos grupos asociados al sistema. Su último discurso revelaba a las claras esta contrariedad y el deseo de recuperar sólidamente las riendas del mando.
Ahora bien, para mandar del todo Franco tiene que mantener la ecuación entre el temor que inspira su violencia y el que puede inspirar la posible violencia de sus adversarios. Por desgracia para Franco sus adversarios históricos venían, ya desde hace algunos años, negándose a favorecer esta tensión. En efecto, la operación de restablecer en España un régimen democrático —e incluso la de reorganizar un dispositivo revolucionario— dejaba de estar relacionada con la idea de una segunda vuelta regresiva, de un ajuste de cuentas. La apertura de un proceso general de responsabilidades por la guerra civil venía siendo renunciada por todos como algo indeseable. En 1939, Franco había cargado todas las responsabilidades de los abusos «equivalentes» producidos por la guerra en la cuenta de sus adversarios vencidos. La justicia quedaba así descompensada y, lógicamente, los que quedaban definidos como reos debían aspirar a convertirse en jueces. Pero han pasado veinticinco años. Han pasado para todos menos, al parecer, para Franco. Los antiguos adversarios del régimen han visto aparecer a su lado nuevas fuerzas de oposición que no tenían cuentas que cobrar. Por otra parte, la forma del mundo bajo cuya presión habrá de organizarse la solución española, no sería favorable a una operación vindicativa que fácilmente sugiere ideas de guerra y exigencias de poder absoluto. La necesidad de cancelar el conflicto pasado y buscar la concordia se ha ido imponiendo en la conciencia de todas las fuerzas opuestas al sistema. Cada vez que las instancias a la pacificación se han hecho explícitas, el franquismo ha reaccionado con un mal humor evidente. El caso más próximo fue el de la cordial confrontación de previsiones llevada a cabo en Munich por grupos y hombres procedentes de las dos partes de la guerra civil. Últimamente estas instancias a la cancelación del pasado y a la previsión «negociada» del futuro, parecían ir calando en importantes sectores «comprometidos» de la sociedad española e incluso en los propios equipos del régimen. Ayudaba a ello el convencimiento de que España debería, a no tardar, reconciliarse ideológicamente con un mundo donde las situaciones de guerra continuada no serían aceptables. Para Franco esto representaba un gran peligro y acabamos de conocer su respuesta.
Así parecerá comprensible lo que al principio parecía absurdo: que se haya promovido un nuevo juicio de guerra, con especial referencia a la guerra civil de 25 años atrás, presentando la actividad de un militante comunista como un acto de continuación de aquella guerra.
Por la lectura, penosa para un español, de los informes sobre el Consejo de Guerra, hay que excluir la idea de que el juicio y la condena se deban al peso criminal de los actos del acusado. Todos los observadores, cualquiera que sea su tendencia, afirman en primer lugar que esos actos se han establecido sobre pruebas indirectas y frágiles y que su descripción suscita inmediatamente el argumento ad hominem que pone moralmente en el banquillo a los agentes, policías y jueces usados por el franquismo durante la guerra civil y en años sucesivos. En segundo término se aprecia que el concepto de delito continuado exige una homogeneidad entre las actividades sucesivas presentadas por la acusación, y si en los últimos años las de Grimau eran puramente ideológicas, está claro que es el carácter ideológico y no el carácter delictivo el que se subraya en los actos anteriores.
Es igualmente absurdo pensar que con la muerte de Grimau se ha querido detener drásticamente la expansión del partido comunista en España. Es evidente que el comunismo se divulga en España a favor de las condiciones objetivas mantenidas por el franquismo, así como se neutraliza en otros sitios por la virtud de unos modelos político-sociales que demuestran a las masas la superfluidad de la revolución. La violencia no impide nada y la muerte de Grimau otorga al partido comunista un nuevo y doloroso título de prestigio. Por otra parte, el régimen —que se deshonra deteniendo, maltratando, matando comunistas e inventándolos a veces— no ha tenido nunca interés en silenciar los testimonios de esta expansión que favorece con sus propios métodos de educación demagógica y autoritaria y en la que busca la dictadura su propia justificación.
Grimau ha muerto «representando» al enemigo de la guerra continuada por las características que a Franco —según su pensamiento inmediatista— le conviene. Pero ha muerto verdaderamente. Porque ante todo se trata de devolverle a esa guerra —ya apagada y conclusa para los españoles corrientes— toda su vivacidad. Grimau es así uno que se había escapado en la cuenta de 1939. Matarle ahora, a los 25 años, es como volver a matar a todos los muertos. Y eso no se hace por simple brutalidad o fanatismo, sino con intenciones bien medidas. Se quiere que una parte importante de la sociedad española acepte su propia responsabilidad, sobre el supuesto de que esta sociedad se ha implicado por aceptación en todas las violencias del sistema y debe temer, por lo tanto, las represalias consecuentes. Para que esto no se olvide hay que renovar la culpa y hay que excitar al adversario impidiendo que su distensión, la disipación de su espíritu de venganza, produzca los efectos tranquilizadores que harían imposible la continuación de un sistema de fuerza. Se trata de volver a presentar el porvenir como algo particularmente amenazador y dramático, haciendo lo posible para que efectivamente lo sea.
Es un acto que define el estilo del poder personal. Un acto, en cierto modo, de reconquista con el que quiere derribarse de un manotazo el castillo de naipes levantado por los colaboradores reformistas, europeístas, liberalizantes del propio régimen, obligándoles por el hecho consumado a reconocerse pura y simplemente cómplices de un sistema de violencia y autoridad brutal.
Franco ha insistido en sus costumbres: la piedad humana no cuenta cuando está en juego el poder, los intereses reales del país se subordinan a la conservación del mando, el problema interno prima sobre las consideraciones de prestigio que afectan a la vida de España en relación con el mundo. Franco ha desafiado una vez más la conciencia moral universal para cortar los peligros del aflojamiento de su sistema y ha querido implicar a todo su sistema en un nuevo acto deshonroso para que no haya retroceso posible. Todo hace pensar que, dejándose llevar de su orgullo, ha calculado mal.
Nadie agradecerá a Franco que haya matado a un comunista por el hecho de serlo. Este es un modo de lucha ideológica que nadie puede aceptar en nuestros días. Es algo que, ni siquiera dentro del sistema español, pueden admitir sin grave contradicción los cristianos que acaban de leer la encíclica de Juan XXIII —a la que el acto de Franco parece dar una réplica airada—, los hombres que piensan que España forma parte de Europa o los militares preocupados por el honor de su país.
Hasta ahora, los colaboradores del sistema, en todos sus grados de vinculación, han «encajado» silenciosamente el hecho. Queremos pensar que no puede durar esta inhibición. Que no puede permitirse cerrar una vez más el círculo de la implicación y del miedo que es la esencia de la guerra continuada y del poder franquista. Las tentativas de los últimos meses, que habían atraído la atención internacional e incluso el interés de los opositores al sistema, se vienen abajo. Hay que esperar alguna resistencia.
La cuestión es grave. Se quiere conseguir la vuelta a una situación cruda y las situaciones crudas no tienen salida. Si los enemigos de Franco no tuviéramos más piedad por España, no sintiéramos más vivamente que él la responsabilidad de su destino, estaríamos de nuevo en el clima de la tragedia. En el clima de guerra que Franco busca para durar. Franco contra la moral, contra la razón y contra todos —aunque no todos lo entiendan— cuando, inevitablemente, está en la «última vuelta del camino».
DIONISIO RIDRUEJO