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IV · Madurez: la oposición · 1957 · Revista Bohemia, La Habana

Entrevista en Bohemia

Entrevista publicada en el semanario Bohemia de La Habana, Cuba, en abril de 1957, que le valdrá a Ridruejo un nuevo ingreso en prisión.

DIÁLOGO CON DIONISIO RIDRUEJO

Por Luis Ortega Sierra, corresponsal de Bohemia en Europa

—¿En qué momento pasó usted a practicar una decidida oposición al Régimen franquista?

—La llegada a mi posición actual, que usted quiere definir con su pregunta, no se ha producido en un «paso», sino «por sus pasos», esto es, en un proceso... Yo no hubiera podido volver al Régimen más que a la vista de un plan de autorreforma muy profundo y que yo, con ingenua obstinación, propugnaba desde el mismo instante de mi apartamiento. Bastó un año de vida en Madrid, de convivencia con los centros políticos que yo había perdido de vista diez años antes, para convencerme de que el Régimen estaba condenado a ser idéntico a sí mismo hasta su muerte. Era inmodificable. No quedaba sino esperar que aquélla se acelerase todo lo posible y trabajar para que en tal ocasión hubiera soluciones preparadas.

Estoy seguro de que bastará que los españoles crean en alguna solución para que el Régimen desfallezca. El miedo a la imprevisión es aún la fuerza de una situación política en cuyas posibilidades de perpetuación no cree ya nadie. Conjurar ese miedo es cuanto puede y debe hacerse. Si a ello le llama usted «oposición decidida» —y creo que acierta—, en ello estoy.

Aclararé, sin embargo, que hasta fecha relativamente reciente yo mismo no he creído que hubiera otra solución aceptable que la del cambio sustancial de las estructuras, de los principios y de la conducta del Régimen, para ir a un cambio radical de situación generando tal cambio en el Régimen mismo. Por eso mi trabajo de oposición ha sido intenso entre 1951 y 1955, pero tan equívoco como intenso. Mis críticas, exigencias y peticiones se dirigían al Régimen mismo y a su clientela. ¿En qué se fundaba mi posición? ¿Qué pretendía conseguir? Ante todo, unos y otros —el Ré- gimen y sus enemigos francos, lo excluidos por la guerra— seguían, a mi juicio, planteando el problema en torno a la guerra misma. Pero la guerra y el aplastamiento subsiguiente eran hechos consumados y, como tales hechos, irreversibles. La tesis franquista de que se debe sostener la victoria, con su peso coercitivo, hasta que ya no queden vencidos en España, hasta que las generaciones no participantes tengan cincuenta años y todos los ex-combatientes hayan muerto, es, aparte de una brutalidad, una quimera. Porque resulta que los vencidos engendran vencidos, y no sólo los engendran sino que los han anexionado. Al cabo de tantos años muchos de los que fuimos vencedores nos sentimos vencidos; queremos serlo. Sin embargo, no era menos absurda la tesis contraria, la de la «revancha», la vuelta atrás: hacer vencedores a los vencidos de ayer y vencidos y represaliados a los antiguos vencedores. Era abrir nuevamente el proceso. Lo cual podía ser hasta justo, pero políticamente inaceptable. Porque también en tantos años los que están aquí —sea cual sea su ideología— se han acomodado a la posguerra, han ido dejando de ser de la guerra.

Planteadas las cosas así, mi posición era no aceptar ni una tesis ni otra. Partir de los hechos consumados para llegar a la liquidación de los conceptos de vencedor y vencido, y ello por los medios siguientes:

1.º Realización de las reformas sociales sustanciales por las cuales lucharon los enemigos de ayer.

2.º Declarar un límite a la dictadura tanto en el tiempo como en los poderes.

3.º Abrir el principio de representación por elección en todas las instituciones pú- blicas: Cortes, municipios, sindicatos, organizaciones universitarias, etc.

4.º Liquidar el Partido único oficial y abrir paso a la formación de corrientes o tendencias de la opinión, aun sin admitir su inmediata formalización como partidos: admitir, mínimamente, el derecho de asociación y manifestación.

5.º Liberalizar a fondo la vida cultural.

6.º Admitir el derecho a la huelga económica, aprobada por los sindicatos, previa democratización de éstos.

7.º Liquidar todos los modos de discriminación y admitir a todos los exiliados o antiguos adversarios del Régimen en la convivencia: amnistía política.

8.º Abrir un período de información, con consulta de todas las opiniones articuladas, para, a continuación, abrir un período constituyente que permita al pueblo español —consultado a plazo fijo— opinar sobre su Régimen futuro.

No creo que este programa fuera inaceptable si el Régimen tuviera, respecto al pueblo español, un mínimo de voluntad leal. En el sentido de esas propuestas —que en algunos casos han sido concretas y públicas— he informado mis escritos, casi siempre maltratados por la censura, y mis conferencias —éstas dadas con toda libertad— durante cinco años. En el año 1955 y en el Ateneo de Barcelona me resolví, no obstante, a denunciar en su totalidad todos los vicios de la situación y a declarar mi convencimiento de que ningún cambio o reforma cabía esperar de ella y que los españoles quedábamos remitidos, por lo tanto, a nuestros propios recursos. Luego, en febrero de 1956, y como resultado de un largo contacto con algunos grupos universitarios de oposición, surgió el incidente que formalizó mi situación de un modo pú- blico e inequívoco. La nota de mi detención publicada por todos los periódicos fue un favor que no sé cómo agradecer.

—¿Es usted el único que ejerce, en estos momentos, esa función de violenta crítica pú- blica contra el Gobierno?

—En realidad, «la función de violenta crítica contra el Gobierno» no la ejercemos aquí públicamente ni yo ni nadie, sencillamente porque el Gobierno «no se deja». Si lo que yo hago le parece a usted eso, le diré que hay muchas personas empleadas en la misma función y no pocas de ellas desde mucho antes que yo mismo y de modo mucho más radical. Incluso desde dentro se ejerce esa crítica: lea usted las publicaciones juveniles formalmente dependientes de la misma Falange y otras de tipo cató- lico y lo verá.

Respecto a la cuestión de las «cabezas visibles», le recuerdo que el Régimen sigue guiándose por el criterio divisorio de los bandos de la guerra civil. Los de fuera tienen que vivir fuera, ante todo porque son los vencidos. Los de dentro —en principio— somos vencedores. Para el Gobierno aún hay clases, aunque para mí dejaron de existir hace tiempo.

—¿Le persigue a usted el Régimen?

—He estado confinado, como le he dicho, cerca de cinco años. Luego he estado en la cárcel —febrero y marzo del 56— durante un mes y diez días. El juez me puso en libertad, pero continuó la prisión gubernativa hasta completar el tiempo dicho.

He comprobado que no puedo escribir o firmar en los periódicos. Tampoco lo intento porque no merece la pena.

Supongo, sobre poco más o menos, que estoy bajo observación. Dirigía una estación de radio —privada y comercial— y he dejado el puesto por razones personales. Tengo indicios de que hubiera tenido que dejarlo de todos modos.

Aparte de todo esto, no me siento perseguido. No se me molesta ni se me pregunta. Lo que en España puede llamarse persecución es algo mucho más fuerte que las pequeñas incomodidades que acabo de referirle.

—En ciertos medios más o menos clandestinos se dice que su pasado político le da a usted patente de corso para atacar a Franco. ¿Goza usted de algunos privilegios para hacer oposición?

—Puedo asegurar que nadie me ha extendido un bill de indemnidad, que nadie me ha guiñado un ojo, que nadie me ha dado permiso. Sin embargo es posible que, de hecho, esté sucediendo lo que sus confidentes murmuran, al menos en lo que se relaciona con mi respuesta anterior. Las facilidades, en cambio, no las he notado por ninguna parte. ¿Sabe usted que se me ha retirado el pasaporte, que no puedo escribir y que no podría celebrar una reunión semipública ni hablar en un acto académico? Lo que me queda es hablar con la gente, cosa que en España todo el mundo hace con pocas restricciones como usted sabe por experiencia.

—¿Cuál es su filiación política?

—No tengo exactamente filiación: estoy tratando de hacérmela. Contestaré, por lo tanto, por referencias aproximadas:

En el orden político estoy por la Democracia, que, para mí, es más bien una condición de hecho que un sistema terminado. Diría que en España esa Democracia que queremos deberá ser muy poco ingenua. Pienso que el refuerzo del poder ejecutivo —y su eventual separación del legislativo— y la responsabilización de los partidos como verdaderos órganos constitucionales son medidas que convendría adoptar. Sin fe en sus principios, pero sí en su validez instrumental, creo que la Monarquía arbitral y simbólica es una posibilidad, quizá una fatalidad, de la España inminente. La acepto como tal.

En otro orden añadiría sin reservas a la palabra «Democracia» la palabra «social». La estructura de la sociedad española ha de ser cambiada desde ahora: el proceso de desarrollo industrial previsible, y hasta cierto punto ya en marcha, debería ser recibido en formas sociales más racionalizadas y justas que las actuales. Si queremos socializar la libertad —y yo sí quiero—, hay que socializar aquello que convierte ahora la libertad en un privilegio y no en un bien común: esto es, la riqueza. Instrumentalmente sigo creyendo en la eficacia de principios operativos del sindicalismo que ya profesaba cuando era falangista. Creo que esos principios permiten la socialización —frente a la burocratización— en formas orgánicas pero descentralizadas, capaces de conservar en la vida económica las eficacias del principio de competencia.

En el orden cultural y por lo que se refiere al estatuto de la persona, soy un liberal práctico, un heredo-liberal, si usted quiere.

Cuál será mi partido o si será mío o si no será ninguno son cosas aún prematuras. Si el socialismo español hiciese una apertura en sus principios prepolíticos y ajustase su programa, creo que deberíamos desear que él fuese el gran partido de la mayoría: el capaz de constituir la mayoría de clase media y clase obrera que España necesita y cuya ausencia costó la vida a la República.

—¿Cree usted que veinte años de dictadura franquista hayan inhabilitado políticamente al pueblo español?

—No lo sabremos hasta mucho después. Lo cierto es que la dictadura lo ha relevado de sus responsabilidades al despojarlo de sus derechos civiles. El temor al desorden ha hecho lo demás. Se puede hablar —como hice en la conferencia de que le hablé— de envilecimiento, entendiendo la palabra como expresión cuantitativa. Creo, sin embargo, que está saliendo de su modorra. La cuestión ahora es ésta: si la dictadura aprieta en su resistencia puede resurgir con vitalidad, con coraje, pero sin cordura. Si aprieta demasiado a fondo, sólo Dios sabe lo que saldrá.

—¿Existe actualmente una opinión pública española?

—En extensión no existe más que de modo negativo. Sólo hay dos zonas auscultables: la clase obrera, que sigue instalada en su mentalidad de clase y que —como los pueblos elegidos— cree sufrir un cautiverio, es decir, tiene conciencia de la provisionalidad de su silencio, y la clase comprometida —un porcentaje muy alto de la población media y burguesa—, que tiene miedo a todo y está disgustada de todo. Las zonas lúcidamente movilizadas que pueden llamarse opinión son islotes, muy activos a veces y desde luego en plena expansión, incluidos en aquel mar.

—¿Cree usted que el péndulo de la política española pueda oscilar otra vez a la extrema izquierda?

—No lo creo en absoluto. Preveo una extrema izquierda más amplia que la antes conocida, pero también más avisada y mucho menos impaciente y anárquica.

Creo —es un cambio sociológico importante— que la clase media ha adquirido mentalidad social de que antes carecía y me parece posible que en la clase obrera se esté perfilando un clima de realismo que no era el suyo. Si tales cosas fuesen ciertas habría diálogo y habría mayorías sólidas y equilibradas. Ahora bien, lo que ya no podrá haber pacíficamente en España es una situación de derechas, concebidas éstas en sus posiciones de anteguerra.

—¿Es posible que en un futuro próximo la Falange juvenil adopte una postura de oposición al franquismo?

—Creo que está en ella. Ha sido educada en función de un programa revolucionario, ambicioso. Que este programa tenga líneas equivocadas es lo de menos. El contraste entre esta educación y la realidad es muy duro. Y además hay la necesidad vital de autodeterminación propia de la juventud. Falta simplemente la ruptura formal y ésta llegará indefectiblemente porque el Régimen —indefectiblemente también— acentuará sus aspectos negativos y vivirá cada día más inhibido de toda función de originalidad atrayente.

—¿Cuáles son las fuerzas que se mueven hoy en el escenario político?

—No hay fuerzas: ni a favor ni en contra. No hay fuerzas políticas, quiero decir. Hay esquemas y centros ideológicos de irradiación —grupos— en la oposición. Casi siempre desdoblados: los viejos repiten sus partidos, los jóvenes intentan renovarlos, refundirlos, crearlos de nuevo. Desde el comunismo al conservadurismo contrarrevolucionario y utópico, hay de todo en la oposición. Las fuerzas obreras y la Iglesia católica serán, sin embargo, los centros naturales de movilización política, precisamente porque la política —el repertorio de ideologías a elegir— no existe de modo explícito. En el Régimen, las fuerzas son o bien residuos sin progreso posible, en descenso (la Falange), o bien poderes sociales: castas burocráticas, Ejército, Iglesia, oligarquía económica. Estos poderes no se agotan nunca en una política, en una situación. Es de esperar que, amenazada ésta, sean ellos mismos los que propicien o abran otra. La Monarquía, a mi parecer, es la que hoy los polariza con más atracción.

—¿Qué cree usted que puede pasar en España en los próximos años?

—En términos generales: crecimiento de la conciencia obrera de insumisión; polarización política lenta del disgusto general; atención máxima y acaso fluidez de movimientos entre «los poderes»; erosión progresiva del falangismo —no es imprevisible el desgajamiento de fuerzas para la oposición— y quizá crispación y endurecimiento progresivo de la política del Gobierno. La crisis económica que se está iniciando trabajará el fondo de la sociedad. En un cuadro de situación así definido, una chispa siempre es posible, pero esa chispa la determinará el azar.

—¿Qué tendencias políticas prevalecerán a la caída del Régimen?

—Es muy aventurada la profecía. No se sabe quién será el dueño efectivo de las organizaciones obreras. No se sabe hasta qué punto la Iglesia cuenta con la clase media. Lo más previsible es que la gran masa se polarice entre Socialismo y Democracia cristiana. Si éstos resultan ser —incluso por la presión de los extremos— dispositivos abiertos y en contacto, habrá una viable y larga Democracia española. Si eso hubiera sucedido ya en el pasado, la habría aún.

—¿Cree usted que la dictadura esté aún en condiciones de ejercer una acción violenta contra sus opositores?

—Lo creo sin duda alguna. Lo temo. Y aunque sería decisivamente beneficioso para esos mismos opositores, no me atrevo a desearlo. Una tensión excesiva de violencia en la salida de esta situación dañaría gravemente la situación futura.

—¿Qué sostiene a Franco en el poder?

—Lo trajo al poder el miedo a la revolución o, cuando menos, a la inseguridad. Lo mantiene en el poder el miedo a la revisión sangrienta: es un miedo apoyado en la mala conciencia de haber abusado, de haber ido demasiado lejos. Le sostiene también el amplio sindicato de intereses —intereses no sólo económicos sino de poder y comodidad— que él ha cuidado con gran realismo.

Si por mandar se entiende ejercer presión coercitiva, él manda sin duda alguna, pero en multitud de aspectos más bien como un vicario: el sindicato de intereses es libre y su influencia es decisiva. Si por mandar se entiende dirigir coherentemente los asuntos públicos, temo mucho que en España no mande nadie.

—¿Cree usted que la situación económica pueda precipitar la caída de Franco?

—Creo que la situación económica es grave, aunque afecta y va a afectar los niveles de vida menos que en los años cuarenta a cincuenta. Lo que pasa es que ahora se produce sobre un estado social menos resignado. Me figuro, sin embargo, que lo más grave de nuestra situación económica está por venir. Y esto acelerará la crisis política sin duda alguna.

—¿Cómo puede la situación internacional influir en el problema español?

—Ha influido de hecho. La tensión Oriente-Occidente explica la supervivencia del Régimen, aunque no sea ésta la única explicación. La distensión hace disminuir también su tensión de espera o de resistencia. En general creo que las potencias influyen en la situación de España en proporción inversa a su intervención o presión manifiesta y coactiva y en proporción directa a su atención, a su función reformadora, a los alientos y garantías que proporcionen a los que han de venir. La etapa de la condena reforzó a Franco no sólo porque despertó la inclinación al numantinismo, sino porque dejó las manos libres a la dictadura para castigar a la oposición. La etapa de normalización establece una mayor dependencia de las cuestiones interiores respecto a la situación exterior: la fluidez de la opinión ha comenzado justamente cuando el asedio ha concluido. Si un hombre armado y un hombre débil están amenazándose en una habitación, nada tan peligroso como dejarlos solos. Incluso el ademán de irrumpir puede ser peligroso. La compañía es el mejor remedio. Sostengo, sin embargo, que nuestras cuestiones son nuestras y debemos resolverlas nosotros.

—¿Cree usted que la juventud aportará soluciones de espaldas al Régimen?

—Las aportará sin duda alguna. No ya las soluciones sino el ambiente de donde deben surgir. El ambiente de superación de la pasada contienda. Ya le he dicho, además, que la juventud no sólo se muestra renovadora respecto a la situación sino también respecto a los esquemas ideológicos de las antiguas fuerzas. Se puede decir que los viejos desplazados están en el odio (aunque no es cierto ya). Se puede decir que los viejos victoriosos están en el compromiso (aunque ya no es cierto del todo). La juventud está en la realidad, en el fiel, aunque haya sido gravemente dañada por los hábitos forzosos del disimulo y la duplicidad.

Entrevista recogida en Casi unas memorias, págs. 359-363.