Tranco imaginativo · 1975
En breve
Hojas de un cancionero inédito
Todo cuanto queremos
lo comerá la tierra.
Pero acaso el querer
mismo, aguante la prueba.
Soy positivista
en tono menor:
el estercolero
lleva alguna flor.
Con cuatro copos de nieve
yo puedo volverme almendro
si el corazón lo mantiene.
Exagera sin cuidado
que siempre hay cortos de oído
para arreglarlo.
Todo lo que no veremos
lo estamos viendo a diario
pero con los ojos ciegos.
Quien dice que lo pasado
no tiene realidad,
quien piensa que lo futuro
está siempre por llegar,
dice la verdad.
La imaginación nos tiene:
ella es todo lo demás.
Pienso, luego soy. Es claro
como espejo de remanso.
Pero es agua y va de paso.
Pienso que existo. Es mejor,
traduciéndome a testigo
de incertidumbre y pasión.
Creo, espero, porque amo,
recuerdo, existo en amar.
Y todo bajo palabra,
espejo de mi verdad.
Mi corazón ha creído
que vino la primavera.
Los retornos del invierno
siempre le cogen de nuevas.
Si te cansas del mundo
llama a la puerta.
No hay salida; es entrada
viva y secreta.
Dibujar con la palabra
es aún quimera más grande
que dibujar en el agua.
Cuando callemos de amor
entenderemos a una
lo que hablábamos a dos.
El hombre está cansado de estar solo
y el mundo de ser mundo para nada.
Pena grande: la luna,
que ya se ha impreso en tatuaje humano,
será siempre un espejo.
Lo hemos visto y lo veremos;
no hay libertad sin pobreza
ni amor sin padecimiento.
Dijo toda la verdad;
por la mentira que guarda
lo conocerás.
Siempre se rompía el lápiz
cuando tenía en la punta
lo que nunca dijo nadie.
No te cargues de razón
pero dale tiempo al tiempo.
Es lo mismo y es mejor.
Español apagado
ceniza de un fuego
¿dónde estás que te busco
y me busco y nos pierdo?
La lealtad verdadera
es apearse del burro
y desmontar la quimera.
Porque donde dije y digo
están el sudor del hombre
y el embeleso del niño
y la mujer que en el vientre
y el corazón lleva el nido.
Por ellos cambio de idea
porque ellos serán los jueces
del valor de la herramienta.
Por ellos vuelvo a montar
porque la tierra del hombre
es la de nunca acabar.
Los pechos de aquella moza
iban bajo su corpiño
más desnudos que la aurora.
Astucias de primavera:
se reía por los pechos
con una cara muy seria.
Si yo pudiera
dejaría en el campo la primavera.
Como no puedo
la diseco en palabra,
la cito en verso.
He sentido la muerte: vomitaba
contra un espejo. Luego me dormía.
(ALELLA)
Todo debe morir. Es una casa
grande y para otro tiempo,
con materiales crudos, declarantes
que aun describen el pulso
de las manos obreras. Con espacios
habitables sin tasa.
Abajo los lagares,
con humedad y telaraña en botas,
hace tiempo olvidaron
el vino antiguo.
Arriba, como yugos para bueyes
de cíclope, las vigas sin desbaste
y las ventanas chicas que dibujan
lo que miran: cipreses y glicinas,
avellanos azules,
una casa traída de Toscana,
el cielo pasajero donde charlan
las hojas como picos invisibles;
cañaverales con alberca, un huerto
de pozo, una colina
arenosa de vides y pinares
dominutos: lo limpio.
En la planta mediana un aleteo
romántico de vagas mariposas
que habitan los espejos, acaricia
y enciende porcelanas y metales,
acaricia besando con cuidado
la caoba que cruje
con sierras diminutas en la entraña,
la caoba que ha visto
los partos peligrosos del siglo XIX.
Afuera hay una puja de geranios
e íbicos rojos en escalas verdes,
un par de terracotas con muchachos
muertos un siglo atrás, y la explanada
con cúpula que rompe la palmera
subiendo nudo a nudo.
Todo habrá de morir. Incluso el agua.
Incluso el aire puro.
Cargo en el tacto, los ojos,
el oído, el olfato,
el corazón, con yemas del instante,
haciéndome leyenda.
Fin de
En breve
El poema en su tiempo · IV Madurez: la oposición