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← Poesía Elegías · 1948

Tranco existencial · 1948

Elegías

1943–1945

Cubierta de Elegías

Elegía íntima

A Gloria, mi mujer

Fue un día de febrero con sol. El mar callaba
y los montes dormían el aire transparente.
Era la estación breve, delicada y sin nombre
que llega como heraldo con flores atrevidas.
Juntos, enniñecidos en su gozo,
habíamos andado por el huerto y el bosque
desgajándole ramos.
Mientras yo cosechaba
tú elevabas los brazos al nivel de tu rostro
desamparando la figura llena,
grave y prometedora como la tierra misma.
Volvimos casi ocultos en nuestra hermosa carga,
entre brazadas de florido almendro
y racimos dorados de mimosa,
mirándonos, riendo.

Llenamos las estancias con aquellos despojos
y descansamos luego contemplando la obra,
aquella primavera interior y risueña,
aquella casa nuestra y adornada
para nosotros mismos,
igual que si esperásemos a algún huésped remoto.

Y vino, sí, tan repentinamente
como viene el recuerdo o el viento se levanta.
Era un huésped ya casi olvidado,
sumergido en las horas de nuestra paz secreta:
se llamaba dolor y te quería.
Y no llegaba ahora como el íntimo aire
que ahonda la ternura hasta el pozo de lágrimas,
sino armado de garras y pico carniceros,
venía a tus entrañas, desgarrando,
a retorcer tus miembros, a ponerte
la fe del cuerpo más allá del alma,
a acorralarte en ti con tu fiereza
como a una pobre bestezuela herida
que descuida su muerte.
Primero trabó, torpes tus pasos; los detuvo
—pesabas en mi brazo— y encorvó tu figura.
Luego te derribó como el viento a la rama.
Oh, tus dientes buscando un consuelo en mi carne,
tus ojos implorantes, vivos y horrorizados
sacando tus abismos de angustia sin mirada,
tu infinita niñez exhalando un gemido,
tus cabellos cansados.
Cómo iban anudando raíces en mi pecho,
raíces de agonía, de compasión, de miedo,
oh, raíces de amor, raíces destructoras
que iban a abrirle al corazón espacios
que yo no conocía.
Hombre todo habitado de humedad y de fuego,
sin sitio para estar, hueco para abrigarte,
para no tener alma sino aquel espantoso
vegetal sufrimiento de tu carne.
Tú querías huir. Oh, ¿dónde, dónde?
No éramos uno y otro. Tu dolor me extrañaba
y una gran soledad se nos cerraba en torno.
Pero no era morir aquello, aunque la muerte
estaba gobernando tus latidos
y a mí me sepultaba, ¿dónde, dónde?
Oh, aquella jadeante confusión del nosotros
donde estaba la vida.
Almendros y mimosas cerca y fuera, en el mundo,
y, haciéndonos un nudo, aquel huésped terrible,
macerando los cuerpos, las almas, confundidos
y haciéndonos tan suyos —¡Ah, casi alegremente!—
porque aquel rudo huésped se llamaba esperanza.

Qué energía de tierra;
oh, qué momento sísmico, volcánico, indecible;
qué poderosa encarnación del alma
como viento de Dios.
Últimas ya, sangrientas, aceptadas
las caricias del huésped
dilataban tus ojos deslumbrados, enormes,
como si sostuvieran la mirada del Ángel.
Rodaste de la cumbre
y te hallaste en el lecho débil y sonriente,
débil y enternecida,
tan virgen —¡oh, Dios mío!— que casi parecía
que te hubieras parido,
exquisita de amor, de gozo y mansedumbre.
Y la carne, qué lejos;
la confusión, qué pura.
Volviendo nuestros ojos hacia un pobre gemido
nos íbamos mirando
alma adentro por nuevas galerías sin fondo.
Oh, quién hubiera sospechado antes
aquel nuevo confín, aquel campo secreto
que el corazón tenía cerrado o en tinieblas
y un gemido de niña abría de repente.

¡Oh, madre, niña mía!
En unas pocas horas del temor al cuidado
a la alegría última, a la angustia de la muerte,
a la amargura sola —cruzando nuestro tiempo
en unas pocas horas infinitas—
¡Oh!, ¿cómo ha sido, amor? Y somos esas horas
y giramos en torno de un instante
como una eternidad.
Si bajo al corazón —ya no hay tuyo ni mío—
subirán las imágenes con lágrimas diciendo:
«¡Oh, qué pena tan grande!», como tú lo decías,
con tu voz, más allá de las pobres palabras.
¡Oh, qué pena tan grande! Y ya estábamos solos,
ya éramos como dos ríos abandonados,
uniendo su corriente, tan colmados, tan tristes,
tan ricos de su ser como dioses que crean,
tan pobres como nadas tumbadas en un lecho,
como amor solamente.
¡Oh, qué pena tan grande!
No quieras recordar lo que vieron tus ojos:
no es eso lo que ha muerto.
«Vivió solo tres horas», decían en el mundo.
No saben... Y nosotros sabemos porque somos
obra de aquellas horas. Sabemos que una vida
y hasta toda la vida dura solo tres horas.
¡Oh, qué pena tan grande!
Aquella pobre cosa bañada de tu sangre,
aquel enorme esfuerzo brotando tenuemente
de entre una carne mustia y delicada.
Aquel gemido que iba ascendiendo hacia el llanto
entre manos expertas. Aquel tenue sonido
más imperioso y lleno que todas las palabras.
No es eso lo que ha muerto.
No es aquella tibieza palpitante
que subía en la sangre como caricia alguna
ha subido jamás.
Ni siquiera las manos, aquellas levedades
—oh, manos de agonía y nacimiento—
que querían asir nuestra esperanza.
No es eso lo que ha muerto.
No, ni aquella carita surgiendo de la blancura
como de un tibio nido,
los rasgos indecisos en que me imaginaste
y los ojos oscuros, henchidos de miradas,
fijos, como con prisas de ser enteramente,
y de manifestarse y de tomar el mundo
y de llenar el mundo antes de ser pavesa.
Aquellos ojos, alma, ¿es que ya lo sabían?
Salían a encontrarnos...
No es eso lo que ha muerto.
Aquella pobre cosa que yo puse en un lienzo
y entregué... Aquella triste, bellamente imborrable,
aquel puro rescoldo
que me dejó en los labios aquel sabor de tierra
con el que comulgamos.
Lo que ha muerto, alma mía, no nació de tu vientre,
lo engendramos despacio, día a día,
en aquellos silencios que nos iban juntando
por un solo camino.
Una de nuestras vidas... ¡Ah, sí!, la vida entera
con juegos y peligros
cuando una inteligencia rompe por la palabra,
con celos y temores
cuando amor o misterio roba a una adolescencia,
con soledad serena
cuando otra madurez nos derrama en el tiempo.
¡Oh, sí!, toda una vida,
con nuestro declinar a lo lejos, colmado.
Decid, decid: tan poco que apenas si vivía
y era tan breve cosa aquella caja blanca
que un hombre la llevaba bajo el brazo
—no más que una paloma—
para ponerla lejos donde es honda la tierra.
«Toda nuestra ilusión», balaba entre tus labios.
Porque solo nosotros sabemos lo que ha muerto.

Y no volvió la soledad; transidos
de nuestro generoso desconsuelo
vieron nuestras miradas
hasta dentro de aquel corazón ignorado,
aquel íntimo y virgen
que era puerta de Dios.
—Sí, creemos: Divina pesadumbre
que al desaliento humano hace tierno y humilde—.
Allí dentro pusimos el tesoro
de pura compasión embalsamado.
¿Quién partirá un sepulcro? Dulcemente
volvimos a llorar y en tu belleza
un infinito ser me derramaba.
Creímos que era amor aquel ir por los prados
y anudarnos el alma con palabras y gestos;
creímos que era amor entrelazar la sangre
sobre la soledad del último embeleso,
albergar nuestra vida bajo un mismo techado
y buscar en el otro perfección o nostalgia.
Hemos vuelto al camino,
con el tiempo, la risa, la palabra y el mundo,
palpitantes aún del fragor de aquel sueño,
y del medio del día o de la noche
brotan aquellos ojos repentinos
como la eternidad, como el mismo relámpago
que destruye el instante.
¡Oh, qué marca de Dios sobre nosotros!
Creímos que era amor aquel encanto...,
y un día tan dichoso como todos,
de almendro y de mimosa floreciente la casa,
alguien vino a tomarnos en sus manos de fuego:
un huésped creador, divino e implacable
que se llamaba amor y que sufría
y desgarraba y se llamaba amor.
Ahora seguiremos por los días,
por el mar de la sangre hacia el olvido manso,
fundidos en su don y su despojo,
su sed y su nostalgia
—apoyada en mi hombro tú, carne de mi carne—
una espina, una estrella, punzándonos el sueño.

Fin de

Elegías

El poema en su tiempo · III El giro

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