Archivo · 1956
Poemas al margen
Romances y coplas escritos entre rejas, en la cárcel de Carabanchel, para los compañeros de prisión. Sin más fin literario que recitarlos en aquellas veladas. Dionisio Ridruejo no los publicó.
Poemas al margen
Romance de los estudiantes presos
Cárcel de Carabanchel, 1956
Encerrados en la cárcel
por propaganda ilegal
—eso es lo que dice el juez
juez de Juzgado especial—
siete estudiantes gemían
lágrimas del lagrimal
consultando día y noche
el Derecho Procesal.
¡Cuántos años de prisión
por tus versos, oh Julián!
Mal haya la inspiración
que me causó tanto mal;
mal haya, mal haya sea
la Cultura General.
Esto le pasa a mi hijo
por no ser un animal,
clamaba un digno abogado
padre del niño Abellán.
(Coro de las madres)
¡Ay, hijo de mis entrañas!
Te acusan de liberal
y de otras cosas peores
que es preferible callar.
A ti, a quien no te dejaba
tu padre ni trasnochar
y una peseta te daba
como cuota semanal.
Cárcel de Carabanchel,
cárcel para encarcelar
a los que fueron amigos
o conocidos de un tal
López Campillo que ahora
feliz en París está
cantando la Marsellesa
en su idioma original.
Cárcel de Carabanchel,
nuestra nueva Facultad,
donde cursamos estudios
que no han de perjudicar
ni a España, la Patria nuestra,
ni a su Caudillo Inmortal.
(Coro de estudiantes libres)
Compañeros, compañeros,
¿quién os mandó protestar?
Teníais libros profundos
y Ciencia para estudiar,
teníais un Sindicato
si os queríais sindicar,
Sindicato, cato, cato,
Sindicato Nacional
de estudiantes sindicados
por su propia voluntad.
¡Ay, compañero mío!
alumno de Facultad,
déjate de garambainas,
prepárate a opositar.
(Declaración ante la policía)
Ministros de la Justicia
nos fueron a consultar
por la tarde a dos o tres,
por la noche a los demás,
y en sótanos, mientras tanto,
bajo la Puerta Solar,
nos tuvieron cinco días
sin poder comunicar.
En Madrid, a veintitantos,
en la Brigada Social,
el que firma más abajo
ante Nos va a declarar
que estudiaba lenguas vivas
y la Ciencia Teologal,
Numismática y Alquimia
y Física Nuclear,
Astronáutica e incluso
Ética trascendental;
que se acostaba a las ocho
por la Radio Nacional
y que escribía poemas
de la angustia existencial.
Que estando matriculado
en la misma Facultad
que Julián y que Pacheco,
que Fernando y Abellán,
recibió cartas de fuera
en tono confidencial
timbradas con veinte francos
¡mal haya el corresponsal!
¡Mal haya la mi fortuna
y el preboste sindical!,
que la carta era inocente
y así lo puedo jurar,
mas los hombres que la tienen
la quieren desorbitar.
Cartero que traes carta
no me vengas a buscar
tráeme tarjetas postales
del África Ecuatorial,
de Colombia o de Guayana,
de Nigeria o Senegal,
pero jamás de la Francia
porque pueden sospechar.
(Coro de abogados)
Hemos visto los sumarios
que queremos reformar
aunque nunca se reforman
según costumbre ancestral.
Hay una bella leyenda,
perdida en la Antigüedad
que nos cuenta que una vez
hubo reforma verbal.
Mas dejemos la leyenda,
volvamos a lo real.
Lo real es que estáis presos
por propaganda ilegal,
artículo cuatrocientos
dos del Código Penal,
prisión menor sin fianza,
el hecho es fenomenal.
Dime todo lo que sepas
que te la vas a cargar.
Yo no sé nada de nada,
se lo puedo asegurar.
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar al penal.
Allí van los estudiantes,
allí los poetas van,
allí la Lógica tiene
su morada señorial,
allí la Jurisprudencia
encuentra también su hogar
y en llegando todos son
reclusos y nada más.
Pintores tiene la cárcel,
pintores para pintar
hombres detrás de las rejas
de la Cárcel Provincial.
De lo que pasó en la calle
cuando estaba en libertad
muchas horas han pasado,
vaya usted a preguntar
a Darío o a Cambises
y a la Grande y General
Historia de las Españas
que nunca se lo dirán.
Allí pasó lo de siempre,
hubo una gran mortandad
en las huestes de estudiantes
y nada de lo demás.
Falsas voces fementidas
que nunca dicen verdad
llevaron aqueste asunto
al plano internacional.
(Entra el juez)
Ya está aquí su señoría,
ya llegó para acusar.
Detrás viene el secretario
y más atrás el fiscal
y otros mil que añadirán.
¿Se ratifica en lo dicho
a la Brigada Social?
Con sueño de una semana,
saliendo solo a orinar,
¿qué piensa su señoría
que podría declarar?
Primero fui anarquista,
anarquista sindical,
más tarde fui orteguiano
y lo fui para mi mal,
y acabé siendo estudiante
en la Cárcel Provincial.
(Coro de reclusos)
A la hora del recuento
nos vinieron a contar.
A Fernando y a Maestro,
a Pacheco y a Julián,
a Tamames y Elorriaga,
a Ridruejo y Abellán,
Gallardón y Sánchez-Mazas,
toda la horda liberal
compañeros de viaje
del José Luis Abellán.
A las nueve y media en punto
nos recontó el oficial,
oficial de verde capa
y tablilla puntual.
Terminado ya el recuento,
«¡A casa!», se oyó gritar,
y un horizonte de rejas
nos permitieron mirar.
(Entra Gabriel Elorriaga)
Voces de preson sonaron
en las celdas del penal:
—Ay, Gabrielillo Elorriaga
Gabrielillo y qué juncal,
por congregarte con otros
volviéronte a condenar.
Ay, Gabrielillo Elorriaga,
que te ibas a casar,
y en vez de fundar tu casa
te metiste a conspirar.
(Gabrielillo baja la cabeza, pesaroso)
(Sale Miguel con un sextante)
—Miguel, Miguelillo Sánchez,
¿quién te quiso aprisionar?
¿Quién le puso las cadenas
a tu cálculo integral?
Director de Teoría,
Revista bimensual
desde Heráclito y Pitágoras
hasta Russel, don Bertrand,
toda la grey matemática
la ibas a superar,
y a tu redonda esperanza
la han venido a sepultar
en una cuadrada celda:
resolviste la llamada
cuadratura circular.
(A Miguelillo se le cae el sextante de la mano)
(Entra Dionisio Ridruejo de la mano de su musa)
Dionisíaco, don Dionisio
del Parnaso Nacional
director de una emisora
que era Intercontinental.
Ya te rompieron las ondas
de tu emisión semanal,
ya tu musa se ha partido
como vaso de cristal.
¿Quién te metió con tus años
en este berenjenal?
Corazón de joven siempre
lo quieren avejentar.
(Sale Dionisio con traje de marinero,
conspirando con otros niños.
La musa ahora es la niñera)
(Entra José María
con cuarenta y cinco volúmenes de Derecho Procesal)
—José María, tan joven
profesor de facultad,
del mester de Abogacía,
¿por qué prestaste tu hogar
a reunión clandestina
que nadie puede probar?
Mas los jueces del Juzgado
te lo quieren imputar,
te quieren hacer la “cusqui”
por “indicio racional”.
Sumados son los Sumarios
y dan cuenta cabal
que solo asistieron doce,
no fue reunión ilegal.
(Desaparece entre una montaña de autos,
diligencias y otros vehículos judiciales)
(Entra Ramón Tamames, pintando un hombre con una nariz doblada)
Ramón Tamames, Tamames
hijo y nieto de doctor,
te acabas de licenciar
en Mester de Abogacía
mas con tal mala fortuna
que te cogió la Social.
¿Quién te iba a decir a ti,
alumno del Instituto
Hispánico y Cultural,
que el Doctorado lo harías
en la Prisión Provincial?
(Ramón Tamames se queda pintando
narices dobladas por tiempo indefinido)
—Ay Julio Diamante Stihl,
semejante a Moby Dick
(pero en negro), qué fatal
tus ritmos afrocubanos,
tu canto espiritual
y tu dirección escénica
de la obra procesal
de Franz Kafka, autor austriaco
con algo de existencial.
Te gustaba mucho el cine
y ahora lo vas a pagar:
menudo “travelling” este,
del Instituto al Penal.
(Julio Diamante, seguido por la cámara,
patinando por la séptima galería)
(Entra José Luis Abellán, rascándose la cabeza)
—Se llama José K.
por otro nombre Abellán
y a viva torta llegó
a Dirección General.
Ya le dan por la derecha,
ya por la izquierda le dan,
por todas partes le pegan
a José Luis Abellán
y él en medio de todos
sin saber nada de na.
Las gafas como palomas
se le echaron a volar.
Mas él al cabo de un día,
rival del mismo Don Juan,
en la cárcel halló hembra
con quien poder fornicar.
Y lleva ya veinte días
en la cárcel y aún está
lo mismo que cuando vino,
sin saber nada de na.
(José K. Abellán continúa rascándose la cabeza)
(Entra Jaime Maestro sin afeitar, recitando a Berceo)
—Ay Jaime, Jaime Maestro
señor del astro y el estro,
abogado has de nombrar
que te acusan de delito
por tu correo postal.
Carta de Francia tuviste
y aquí comenzó tu mal,
para que pienses mejor
a quién le das tu amistad.
«Que no me toquen los timbres»
acostumbras a gritar
y nos los están tocando
sin poderlo remediar.
(Suena un timbre, Jaime Maestro
muere entre horribles estertores)
(Entra Julián Marcos,
mordiéndose las guías del bigote)
Cuando un hombre como Marcos
sea puesto en libertad
dará un suspiro de alivio
toda la ciencia penal.
Palomas serán los montes
y empezarán a volar,
se abrirán todas las cárceles
y los presos cantarán
cuando un hombre como Marcos
sea puesto en libertad.
(Sale Julián Marcos, arrastrando grilletes)
(Entra Fernando montado en una moto de juguete
con un pájaro en el hombro)
Fernando Sánchez Dragó,
quién te ha visto y quién te vio.
Moreno de luz lunar,
niño aún de pelargón,
redactor de «Aldebarán»,
con luz de leche en sus ojos
empezó a filosofar.
Más le valiera ir al cine
y al fútbol con su mamá
que no leer libros malos
en tan tierna pubertad.
Un auto en la cárcel tuvo
y para mejor jugar
una moto se compró
aunque no con sidecar.
Niño Sánchez, niño Sánchez,
no te pongas a llorar
que pronto los jueces magos
otro “auto” te traerán.
(Sale Fernando cantando
«Que llueva, que llueva la Virgen de la Cueva»)
(Entra Jesús, con batín renacentista)
Ay, Jesús López Pacheco
que te van a procesar
por tener fotografías
en tu cuarto y sospechar
la policía que eran
retratos del rey don Juan.
Pues el delito mayor
que te quieren achacar
es haber ganado el accésit
por tu arte de rimar.
Estuviste en “celdas bajas”
lo mismo que los demás
y ahora entre cuatro muros,
¿en qué te vas a inspirar?
(Sale Jesús haciendo ejercicios respiratorios para inspirarse)
AUTO DE LOS JUECES MAGOS
Nombrados que fueron jueces
non hallaron qué juzgar,
que ni pruebas ni testigos
se pudieron presentar.
Dio patadas en el suelo
de rabia el señor fiscal.
Si non las hallamos pronto
las tendremos que inventar,
acaso bajo las piedras
haya pruebas que buscar.
Que todos sean de Letras
cosa es de sospechar,
que las letras siempre fueron
fermento de la maldad.
Por sus letras a la cárcel
llevaron al de Alcalá
y el Arcipreste Juan Ruiz
también la hubo de catar,
y la cataron en tropa,
aunque anónimo, quizá,
el autor de Lazarillo
y don Mateo Alemán
y don Francisco Quevedo
que non es para olvidar
y don Fray Luis de León
con toda su cristiandad,
y una inmensa mesnada
que a todos honra nos da.
En volviendo a lo empezado,
pruebas habemos de hallar
que mucho misterio es este
non podemos procesar
y los que están más arriba
subidos en pedestal
quieren autos y procesos,
en ello empeñados están.
La madeja está liada
¿y quién la desliará?,
el que deslíe este lío
buen desliador será.
Ay, Gil Blas de Santillana,
fementido don Gil Blas,
aun sin estar en la cárcel
eres un pícaro más.
Los jueces están cansados,
el civil y el militar,
que si de ellos dependiera
non juzgarían ya más.
La Magia y la Nigromancia
van a tener que estudiar
para que arranque este “auto”
que no quiere echar a andar,
“auto” sin motor ni chasis,
de la Justicia autocar.
De los nombres de la conjura
Quiero fer una prosa en román carcelario
nel cual suele el preso fablar al presidiario,
ca non so tan letrado por fer otro más vario.
Bien valdrá, como creo, un vaso de “Gin Larios”.
Non creedes vosotros que aquesto es falsedat.
Habémoslo leído de gran autoridad
en crónica diaria, con gran publicidad,
que non tenía firma ni buena voluntad.
Estando encarcelados en cárcel muy oscura
un pájaro nos truxo noticia triste y dura.
Dijeron nuestros nombres, oh qué gran desventura,
como padres malvados de la mala conjura.
El diz de marzo era —¿por qué nació ese día?—
acaesció que algunos usaron de falsía.
Dijeron que en Congreso de Prosa y Poesía
se sembraba semilla de mala ideología.
París, ciudad maldita, pintada por Utrillo,
el que ingenuo a ti llega, qué pronto se hace pillo.
Viciosa tierra eres que mereces rastrillo,
donde hay hombres muy malos como López Campillo.
La crónica lo dice, no es nuestra la invención,
que a todos Dios nos libre de la mala intención.
Otras cosas diremos, publicadas ya son,
que le han hecho a la gente torcida la opinión.
Estudiantes de España que yendo al extranjero
acaesceis por suerte en un lugar artero
—“Café des Italiens”—: huid de allí ligero,
donde el diablo pone sus trampas de trampero.
Aquellos que non huyen por su negra fortuna
non tienen ya descanso ni encuentran paz ninguna.
Organizan congresos en que todos a una
hablan mal de la tierra y del sol y la luna.
Herejes y masones les llaman a porfía
y cosas que non digo, por ser calumnia impía,
que mi lengua es muy santa, no las pronunciaría
nin del mismo diablo, que ya no es herejía.
Mesnadas de estudiantes a la calle se huyeron
y aquel día las aulas vacías estuvieron.
Hombres de mala faz que allí se entrometieron
el fuero del estudio quebraron y rompieron.
Aquellos hombres iban armados hasta el diente,
si este con ballesta, aquell lleva tridente,
por calles e por plazas persiguen a la gente
e mal el libro puede defenderse inocente.
Estrago tan horrible nos quieren achacar,
mas Dios que sabe todo lo puede refutar,
que gran yerro fue este de nos encarcelar
y al que cierto es culpable en la calle dejar.
Vergüenza he de contallo, que siento tan gran pena
de que esté destas cosas España tan rellena.
Lo acaescido cuento, que non es lo que suena:
Bien valdrá, como creo, una buena condena.
La carabanchelera
Levantemos la voz españoles,
por el pueblo humillado clamad,
es la voz de los hombres unidos,
que despiertan a la libertad.
Esta vez marchan juntos
los que ayer combatían
porque vuelve la vida
triunfando del rencor,
y con la paz ganada
tendrá la tiranía
en las viejas trincheras
su tumba sin honor.
Himno escrito en 1957 en la cárcel de Carabanchel, junto con Antón Menchaca. Fue cantado, sin gritar, por los presos políticos que habían entrado con Dionisio víctimas de una amplia redada contra la oposición, como E. Tierno Galván, Javier Pradera, Raúl Morodo y otros.
Romance del cebador de capones
Nadie tuvo entre sus manos
a España tan hacedera
como la tuviste tú
al consumar su tragedia.
Nadie la tuvo tan fácil
para rescatar sus tierras
que suda el pueblo y cederle
su libertad verdadera,
para hacer de la justicia
el manantial de sus venas,
para matarle los piojos
de la envidia a la tristeza
y dar empleo de hombre
al valentón sin empresa;
para hacer junta de hermanos
la discordia rebañega,
para limpiar a las almas
de idolatría y blasfemia
y dar norte de razones
a la voluntad sin senda.
Nadie tuvo a España tanto
como arcilla o como cera,
escarmentada en su sangre
y esperanzada en su pena:
por todas las vegas bajas
venía la primavera,
por todas las serranías
se alejaba la tormenta;
los vencedores estaban
a tu mando sin cautela
y no tenía el vencido
más armas que tu clemencia.
Lo que tú pudiste, nunca
lo pudo hombre en esta tierra.
Pero tú no eras un hombre
—ser un hombre es cosa muy seria—
sino un pobre, blando y triste
saquezuelo de materia,
de vanidad recelosa
atestada la mollera,
y el corazón habitado
por un hielo sin promesa.
Con astucia —que en un hombre
fuera pasión y tragedia—
fuiste tendiendo las trampas
y labrando las cadenas
con que harías a los otros
tributarios de vergüenza.
Le diste baño de sangre
a la patria mañanera
para estancar a la vida
que olvidando se renueva
y con sobrantes de furia
que espumabas de la guerra
bautizaste de asesinos
a los soldados de fuerza.
Usaste el fervor que sube
de la ruina hacia la empresa
para levantar ladrones
de todas las escombreras
y uncir al carro del odio,
la avaricia y la pobreza.
Todo lo fuiste mordiendo
con venenosa paciencia.
Preferías a la tropa
de alegría bien dispuesta
una tropa esclavizada
por la culpa y por la afrenta.
Al trabajo diste opciones
del terror o negligencia
de servilismo o silencio
las diste a la inteligencia,
dejaste sueltos los lobos
con tal de que te sirvieran,
que tiranía y codicia
son de la misma madera,
y hasta a la Iglesia de Cristo
diste poder y ceguera
para hurtarle su testigo
al dolor y a la miseria.
Fue roto y segado todo
lo que se rompe o se siega
y con la hierba sobrante
hiciste lonja y moneda.
En una mano la espada
y en la otra la bolsa a medias
fue tu justicia aquel peso
donde todo se condena;
lo humillado por cobarde,
lo vendido por su venta.
El pueblo quedó sumido
en tu paz sepulturera
y todas las altas torres
rindieron en tu presencia
la joroba mendicante
y la campaña halagüeña.
Tú eras feliz: contemplabas
la gran heredad dispuesta
para ti, la patria toda,
las ciudades y las tierras.
Todo era tuyo, lo mismo
que ganado en una apuesta
y tú lo mirabas todo
como hacendado su hacienda.
«Qué gran país es el mío
porque es mío y me recrea;
si hay hambre en él, nunca faltan
sus manjares en mi mesa,
si hay dolor nadie le impide
darme alegrías de fiesta,
si el silencio de las almas
entre mar y mar se acuesta
nadie corta mi palabra
paternal y sermonera.
Yo soy su autor y su dueño,
me debe cuanto le queda
y si vive porque vivo
morirá cuando yo muera.»
Despierta Francisco Franco,
aviva el seso y despierta;
no todo es gamo en el monte
ni salmón en la ribera,
no todo el pueblo es rebaño
ni prado toda la tierra.
Donde siegas reverdece,
lo que humillas se rebela.
Cuando la sangre estancada
va rompiendo su corteza
y la impotencia, despacio,
va limando las cadenas,
hasta la guardia que tú
corrompiste en tu defensa
y los flojos mercaderes
que te compran la cosecha
ya sienten la náusea al fondo
de su entraña verdadera.
Algo viene a despertarte
porque olvida y alborea
y ya pronuncia tu nombre
como el nombre de su afrenta.
No querías responder
sino ante Dios porque espera
y ante la Historia que es cosa
de libros en alacena.
Dios se calla todavía
si el pueblo no lo resuena
pero hay Historia viviente
y de sangre venidera
que ya sabe y que ya dice
la indefectible sentencia.
Son los mozos que reclaman
su tiempo y que no te heredan.
Tu España parida a chorros
de dolor, se les aleja.
Tu España estercoleada
de mentira y complacencia,
tu España yerta y cobarde,
la de la rabia secreta,
en treinta millones rota
de pedazos en contienda,
e hipócritamente mansa
con el odio en cada puerta,
ya va siendo una liviana
superficie de pavesas.
La España entrañada quiere
rebrotar, nacer promesas
que son de paz y de vida
libertada y vividera.
Ya viene el pueblo de España
alto nivel de marea,
que el tiempo que a ti te gasta
a él le cunde y le renueva.
Despierta Francisco Franco
de tu mal sueño despierta
de cebador de capones
y capador de conciencias.
Despierta, pero no puedes;
que aún querrías si pudieras
entenebrecer las aguas
que van subiendo serenas
y removiendo los posos
revolver sangre con ellas.
Sigue durmiendo; tu suerte
está echada y es severa.
No intentes poner muralla
a lo que es tiempo sin tregua.
Los muertos ya se nos juntan
deshechos bajo la tierra,
hechos España de barro,
todos de la misma cepa.
Y los vivos ya se abrazan
porque la vida los fuerza
a vivir, y tú estás solo,
solo con la carga inmensa
de su dolor, de su miedo,
de su odio y su vergüenza;
solo encima de los muertos
y los vivos, como piedra
que todavía corrompe
su paz y troncha sus venas,
pero que de tanta carga
ya se pudre y se cuartea.
Nadie tuvo entre sus manos
a España tan como cera.
Nadie amasó con su carne
estatua tan lastimera,
tan sin alma y tan sin honra,
tan de oropeles grotesca.
Nadie ha humillado a su pueblo
tan a raíz de conciencia
deshonrando a los pastores
y esquilmando a las ovejas.
Bien podrías ufanarte
de hacer algo que nadie hiciera
tras la muralla de China
de tu oronda suficiencia.
Pero ya suena tu hora;
el África de tu estrella
ya se fue al moro y tu moro
es toda España que asedia
al castigo de sus hombres
y al mercader de sus tierras.
Ya su maldición te busca
en El Pardo, donde oteas
el crepúsculo de España
que se desgarra e incendia.
Pero del lado del alba
va subiendo luz nueva
que no soportan tus ojos
porque los abre y los quema.
Y ya ni será tu nombre
maldito, porque no sea.
Prisión de Carabanchel, agosto de 1957